
"The dentures" (1983) Odd Nerdrum
“El artista se ha convertido en un inútil; cuando mucho puede aspirar a ser un decorador, una mascota, un pesado. La gente de nuestro tiempo no se ha visto nunca realmente retratada y, por lo tanto, carece de un sentido visual de sí misma. Hoy, el retrato es siempre directa o indirectamente fotográfico, pero la imagen del ser más profundo del hombre ha dejado de existir.”
Odd Nerdrum.
El artista es un ser extraño. Hermitaño a veces hasta de sí mismo, cabila en lugares lejanos, cortando flores que jamás verá florecer la tierra sobre su faz. Creador de animales extraordinarios, de héroes mitológicos de la más extraordinaria familiaridad. Crea de sí mismo, cual Lucifer, lo que la naturaleza le ofrece a sus ojos, sus oídos, su cuerpo entero. Sí, ¡se parece tanto a Lucifer! Porque, al igual que él, es un ser capaz de crear y dar vida donde solo hay un espacio en blanco, una masa amorfa, un montón de letras muertas, el silencio de sonidos apagados, de movimientos sin sentido. ¿Cuántos no han llorado ante el aullido feroz y melancólico de una guitarra eléctrica? Y sin embargo, esa misma guitarra es capaz de aullidos desenfrenados, violentos, vertiginosos, como si pudieras saltar hasta la cima del mundo y ver, desafiante, al mismísimo Dios a los ojos. ¿Quién no se ha conmovido ante un preludio, o las curvas y ondanadas suaves de una esculura? ¿O sentir que vuela al compás de unos pies danzantes? ¿O verse reflejado en una obra literaria, un poema, el personaje de una obra teatral?
El artista, aparte de crear con su ser, crea en la consciencia de sus espectadores emociones que generan experiencias. Y como si estuviese ante un espejo, queda cautivado con su propia imagen o el de la sociedad en la que vive. Sociedad rural o urbana, no importa. Sociedad que es siempre un crisol de posibilidades en la que se desenvuelve y a la que se debe.
Tristemente, el mundo de la Pintura se ha alejado de ese mundo. Sufre una crisis de la que pocos son conscientes y de la que se han sabido escapar. Y es que el artista actual, el "contemporáneo", se ha ensimismado. Sabiéndose un ser extraño, se ha cegado ante el influjo de sus propias habilidades, sintiéndose un superdotado, un ser de otro mundo. Y tal vez en parte lo sea, pero muchas veces, parece que ha perdido el piso y no es capaz de ver mas que su propio talento. Ése, su talento, se convierte en su espejo, y cual bruja malvada y vanidosa, le pregunta una y otra vez si ha logrado ser el más talentoso, el creador de las obras más bellas, o si alguien más osa acercarse, si quiera, a su talento. Otras veces, solo rinde tributo y adoración a los grandes del pasado, convirtiéndose en una sombra de ellos, en un imitador. Con habilidades magníficas hace magia en el lienzo, pero es una magia a medias, porque le hace sombra el descuido de omitir la magia que nace de la inspiración de su propia consciencia cotidiana. Consciencia cotidiana, ese gran instrumento, matriz del genio creador que tuvieron los grandes a quienes admiran, es el espejo de su propia realidad y al que no saben mirar.
Mirar, por ejemplo, la necesidad ajena producto de la desigualdad social. Y bueno, no tienen que ser mendigos para pintar a un menesteroso. Lo que hace falta es un ejercicio de aprehensión que le haga sentir como siente uno de ellos. Imaginar, o tal vez, hasta soñar con ello. Les contaré una anécdota. Yo nunca he estado en una guerra. Lo cierto es que siempre he tenido un miedo terrible a estar en medio de una. Sin embargo, una vez tuve un sueño:
Me soñé siendo reclutada. Oficiales llegaban a mi casa, me subían a un camión con techo de lona y me llevaban a un cuartel. Ahí, cortaban mi cabello, me daban un uniforme verde caqui. Recuerdo lo pesadas que eran las botas, ¡fue un sueño tan real! Y la fusca, pesadísima, al igual que una enorme mochila que pusieron en mi espalda.
A lo lejos, se escuchaban las bombas, las balas, los gritos, mientras otro camión nos llevaba al campo de batalla en medio de un desierto de cuyo cielo pendía un sol abrazador. Pero, al llegar a las trincheras, el sol desaparecía. El cielo antes azul, se tornaba ocre debido al polvo que levantaban las botas de los soldados al correr, las ruedas de los camiones, los tanques, las bombas, las granadas. Era dantesto. Había cadáveres ensangrentados y heridos agonizantes. Nos metían a una trinchera, mientras un oficial vociferaba: "Carguen sus armas y corran a la otra trinchera. Si les disparan o ven enemigos cerca, ¡disparen!" Nos dieron la orden, salté de la trinchera y comencé a correr. Mi cara se llenaba de arena, podía sentir los granos y el roce de las balas y esquirlas de quien sabe que tantas cosas que explotaban a mí alrededor. Los aviones zumbaban, las bombas caían, el suelo se estremecía bajo mis pies. Los gritos sonaban tan estruendosamente que casi opacaban el sonido de las bombas. El olor a pólvora, a sangre, a muerte me hizo entrar en un estado de trance para poder sobrevivir. Me impresionó mi capacidad de correr con tanta carga y sin entrenamiento. Eso pasaba por mi mente mientras corría sin voltear atrás. ¡Y disparaba! Y llegaba a la otra trinchera. Me desperté.
No pueden imaginar el pavor que sentí. Fue vívido, real, pero no por haberlo soñado, me convierte en soldado. Sin embargo, fue tan real, que estoy convencida que si platico con un ex combatiente, me dirá que así se siente estar en batalla. Y eso me es más que suficiente para ver las películas de guerra de otra manera… o para retratar el miedo en los ojos de un soldado en batalla.
"La gente de nuestro tiempo no se ha visto nunca realmente retratada y, por lo tanto carece de un sentido visual de sí misma." Éste fragmento es el que más me resuena. Pintar, no es solo plasmar, con calidad fotográfica, la realidad tal cual es. Aparte de la virtud del hiperrealismo, si se quiere ejercer, hay que tener una convicción de la realidad social. Estar consciente de nuestro propio siglo. La idea es tratar de entender la visión de la gente, hacer que se vean retratadas en el propio ejercicio de autoexploración espiritual del artista. La frase de Nerdrum es estremecedora. Te hace recapacitar casi como la revelación que tiene un fiel cristiano ante un versículo bíblico.
Nos dejamos llevar por modas pasadas. Indaguen en la red y vean ¿cuántos imitadores hay? ¿Cuántos no han querido pintar como Miguel Ángel, como da Vinci, como Caravaggio, como Vermeer o van Eyk?... y los superan, pero ¡hasta ahí se quedan! Se olvidan que ellos vivieron su época, y que cada siglo otorgó a cada uno de ellos, las herramientas con las que engalanaron su Arte. A través de su Arte, nos contaron la Historia de su siglo. Cualquiera puede aprender a dibujar, pero no todos saben interpretar.
Pero nosotros, con tanta Historia detrás, con tanta tecnología, ¿a dónde quedó nuestra capacidad de retratar la Historia de nuestro siglo? ¿A dónde se quedó nuestro Arte? Debemos entender nuestra realidad y retratarla. Hacernos a ella, por ella y vislumbrar con claridad todo ese entorno que nos moldea como individuos y como sujetos de una sociedad.
La triste realidad, es que casi no lo hacemos. La mayoría se ha enfrascado en sus propios talentos. Y esa mezquindad es la que nos arroja fuera del Reino del Arte, como a Lucifer su soberbia le arrojó fuera del Reino de Dios.
